¿Dónde dejamos los signos?

Hace poco vi un comentario en Facebook que me llamó mucho la atención. Un amigo publicó una foto en el balcón de su casa y una amiga, irónicamente, le comentó: “¿Y cuándo me vienes a visitar, bebé?”, y a un lado agregó un emoji enojado. Un minuto después, mi amigo le respondió: “No quiero que tú vengas a mi casa”. Lo que vino luego de ese comentario fue incómodo, algo salido de onda. Hubo un intercambio de reacciones negativas, de indirectas insípidas, que terminaron en un silencio pesado, un poco hiriente.
Cuando terminaron sus reacciones leí de nuevo la publicación y me di cuenta que el comentario de mi amigo había sido el detonante, la chispa indeseada. En su frase omitió, tal vez sin darse cuenta, una coma. “No quiero que tú vengas a mi casa” era, en realidad, “No quiero que tú vengas a mi casa”. Lo que él quería decirle a mi amiga era que él no quería aceptar su invitación pero, a cambio de eso, la convidaba a ella a su casa, a su balcón. Era un intercambio amistoso, pero ella, en vez de una propuesta, leyó un imperativo molesto (“no quiero”). Una omisión llevó a una mala lectura, y esta, a su vez, a una incomodidad mucho mayor. La coma abrió una distancia enorme entre ellos y produjo una comunicación tensa, áspera. Si mi amigo la hubiera sabido utilizar, ¿qué habría pasado? Y si no fuera una situación informal –como la página de Facebook-, sino una formal, ¿qué impresión le habría dado a su lector? ¿Lo habrían despedido de su trabajo? ¿Llevaría su empresa al fracaso?
A veces pasamos por alto los signos ortográficos como si fueran algo ajeno a la lengua, un montón de cachivaches que es necesario olvidar. Eso sucede, quizá, porque vemos esos signos como si fueran un simple requisito formal, algo “cuadriculado” que le quita la gracia a lo que queremos decir. Pero si los viéramos como partículas de sentido, como pequeñas unidades que le dan significado a todo un mensaje, tal vez cambiaríamos de opinión. Y tal vez, como lo hago yo en este texto, le diríamos a los demás que las comas, los puntos, los punto y coma, entre otros signos, son esenciales en nuestra comunicación escrita. Sin ellos no habría ritmo, música, claridad, pausa, y la escritura perdería sentido.
La relevancia de estos signos es monumental si se tiene en cuenta que vivimos en una era donde lo escrito es superior, en cierta medida, a lo oral. Podría decirse que chateamos más de lo que hablamos, y que ahora, en medio de una pandemia a causa del COVID-19, escribimos más correos y más mensajes que antes, cuando podíamos vernos de manera presencial con los demás. La palabra escrita reemplaza a la voz, y es necesario tener claras las normas con las que se usa esa palabra. De lo contrario viviríamos en un mundo absurdo, sin consistencia, donde el lenguaje escrito sería igual de sólido a una torre de paja. Con ello, la realidad perdería firmeza y la literatura sería una masa inerte de letras desabridas.
Si vamos al ámbito laboral y académico, la cuestión es más delicada. El mundo de las aulas y las empresas se mueve, sobre todo, por la escritura. Hay un predominio de la palabra impresa sobre la palabra hablada, y eso se evidencia en la gran cantidad de artículos, informes, cartas, ensayos, etc., que se publica a diario. En ese sentido, todos los estudiantes y trabajadores deberían manejar con lucidez los signos ortográficos, ya que gracias a ellos pueden comunicar de manera más acertada y eficaz sus ideas. De lo contrario no solo habría problemas de comprensión entre colegas, sino que los procesos laborales y académicos tardarían mucho más en realizarse, y todo se convertiría en un laberinto pesado e interminable, en algo molesto e indeseado. Los signos ortográficos evitan esas incomodidades y aligeran el paso, hacen que todo sea más claro y más nítido.
Por estas razones –y por otras más-, estos signos son la vértebra de la comunicación escrita. No se los puede esquivar con falsos pretextos ni con odios injustificados porque saltan de inmediato a la vista, se hacen palpables, se ofrecen. Nadie soportaría leer cinco páginas enteras sin una coma o un punto, y seguramente nadie resistiría ver un texto abundante de comas. Nuestra respiración no da para tanto, y menos nuestros ojos. Aunque los odiemos, aunque los evitemos, los signos siempre están ahí. En el vacío que dejamos se hacen presentes como el aire, como el agua. No podríamos vivir mucho tiempo sin ellos. Los textos necesitan esa fluidez, ese mar, y nosotros, quizá por ignorancia o necedad, se lo negamos. Ojalá no sea tarde cuando nos demos cuenta que ese mar sosegado e invisible se puede convertir en un tsunami implacable, en una vorágine desmesurada. Cuando eso suceda ya estaremos arrepentidos, un poco desolados, y no habrá vuelta atrás.

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